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El volcán que apagó el verano

Durante miles de años dio tregua a los habitantes de la paradisíaca isla indonesia Sumbawa. Un día de 1815 no pudo más. Como si hubiera mantenido contenida la furia demasiado tiempo, el Tambora agrietó su cráter y lanzó con rabia lava, gases y cenizas provocando el mayor cataclismo volcánico de los últimos 10.000 años. En ese momento el verano se apagó.

Dicen las crónicas que todo comenzó con estruendos inesperados semejantes a cañonazos que se oyeron hasta en las islas aledañas. Desde ese 5 de abril hasta finales de agosto el volcán escupió toneladas de furia. La isla de Sumbawa y la de Lombok quedaron cubiertas por un manto de cenizas de varios metros de espesor. El terreno vibró con tal fuerza que produjo un tsunami que engulló varias pequeñas islas del entorno. Una lengua de agua de dos metros invadió islas como Besuki, Cerám y Amboine, situadas a unos mil kilómetros de distancia y arrasó cuanto encontró a su paso.

Study of Sky circa 1816-18 by Joseph Mallord William Turner 1775-1851

El artista William Turner quedó maravillado por el colorido de los cielos los años siguientes a la gran erupción. De 1816-18 recogió decenas de bocetos en su cuaderno 'Estudio del cielo'.

El artista William Turner quedó maravillado por el colorido de los cielos los años siguientes a la gran erupción. De 1816-18 recogió decenas de bocetos en su cuaderno ‘Estudio del cielo‘.

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¿Qué son estos extraños agujeros en las nubes?

En tantas ocasiones se han atribuido a ovnis que la NASA tuvo que explicar públicamente que se tratan de un fenómeno meteorológico. Se llaman skypunch o nubes agujero. Son enormes brechas elípticas que se forman en nubes situadas a media y gran altura, sobre todo cirrocúmulos y altocúmulos.

En esas formaciones nubosas el agua en ocasiones está lo bastante fría como para formar hielo, pero no lo hace. Para congelarse necesita un germen, es decir, una partícula sobre la que cristalizar. En el momento en el que aparece la necesaria semilla (una mota de polvo u otro cristal de hielo ya formado que deja un avión al pasar) el agua comienza a transformarse en cristales de hielo a velocidad de vértigo que se descuelgan de la nube dejando un agujero.

El hielo no suele tocar tierra porque vuelve a su forma líquida al atravesar en el camino alguna corriente de aire templada. Este hielo precipitando deja en medio del agujero una nube deshilachada en forma de embudo que da a este fenómeno un aspecto inconfundible:

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Toneladas de ratas en las playas tras el paso de Isaac

Ratas de agua muertas tras el paso del huracán Isaac (Foto: Reuters)Foto: Reuters

Las labores de limpieza y reconstrucción tras el paso del huracán Isaac continúan. Tocó tierra el martes pasado en el sureste de Nueva Orleans (Luisiana, Estados Unidos) con categoría 1. Dejó a su paso ocho muertos y un millón de hogares sin suministro eléctrico. Según las estimaciones oficiales, cerca de 1.500 personas están aún evacuadas y 13.000 los hogares afectados.

Pero como no hay mal que por bien no venga, el agresivo fenómeno meteorológico también mató miles de ratas. Exactamente ratas de río o coipús (Myocastor coypus), también llamados nutrias en Estados Unidos, donde son considerados plaga. Todos los años dañan el paisaje y los suelos. Son muy voraces. Consumen grandes cantidades de plantas incluidas las raíces.

El inconveniente es la imagen dantesca con la que se encuentran estos días los habitantes de las zonas afectadas: las playas cubiertas con más de 15.000 cadáveres de estos enormes roedores que superan holgadamente los cinco kilogramos de peso.

Los animales que han llegado a las playas proceden de las zonas pantanosas de Luisiana que el huracán inundó. “Las ratas se vieron forzadas a nadar con las olas por el río hasta que murieron de agotamiento. Luego las mareas las depositaron en la orilla”, explica a la agencia Reuters David Yarborough, supervisor del condado de Hancock, cuyas playas están especialmente afectadas por la llegada de cadáveres.

Los voluntarios están recogiendo los cuerpos desde finales de la semana pasada con palas y rastrillos. Es una tarea muy desagradable porque explotan por los gases acumulados en el proceso de descomposición y huelen mal, “pero no suponen un riesgo para la salud”, según explican desde el Consejo de Salud Animal de Misisippi. Un asco.

Coipues en el Zoo de Barcelona (Foto: Jordi Roy Gabarra) Coipues vivos y coleando en el Zoo de Barcelona (Foto: Jordi Roy Gabarra)

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