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El primer globo aerostático

Aerostatos con diversos métodos de propulsión (Ilustración: Biblioteca del Congreso estadounidense)

Hoy en día volar forma parte de nuestras vidas. Cada día más de 90.000 aviones parten de los aeropuertos cargados de pasajeros. Y cuando no despegan o hay retrasos los trastornos son muy notables.

Quién se lo iba a decir a los hermanos franceses Jacques y Joseph Montgolfier cuando inventaron el primer globo aerostático en el siglo XVIII. Gracias a ellos el hombre levantó su pesado cuerpo del suelo ya no unos cuantos metros sino kilómetros. En definitiva, hicieron que el hombre volara.

La idea del globo les vino a la mente de manera inesperada. Joseph vio cómo un trozo de papel que se estaba secando al lado de la chimenea se elevó por efecto del empuje del aire caliente. Tras ello, junto a su hermano, empezó a experimentar el efecto con bolsas de papel, aprovechando que su padre era fabricante.

Se dieron cuenta de que las bolsas invertidas se elevaban al situarlas encima del fuego por efecto de un gas más ligero que el aire, que escapaba con facilidad de la gravedad y empujaba la bolsa hacia arriba. Ellos no sabían que el gas ligero era simplemente aire caliente (el aire caliente pesa menos que el frío) y creyeron haber descubierto una sustancia nueva a la que llamaron ‘el gas Montgolfier’.

En un momento dado, los hermanos dieron el salto a la tela y fabricaron un recubrimiento de lino forrado de papel de unos 11 metros de diámetro. Encendieron un fuego bajo él para que despegara y ataron una cesta a la parte inferior de la tela para cargar a los pasajeros. Llamaron a su invento, como era de esperar, la Montgolfiera.

El primer vuelo de un aerostato con tripulantes -un gallo, una oveja y un pato- fue el 19 de septiembre de 1783 (Ilustración: National Air and Space Museum, Smithsonian Institution)

Tras un vuelo de prueba, sin pasajeros, decidieron mostrar su invento al mundo en 1783. Lo hicieron en los jardines de Versalles en París, frente a María Antonieta, Luis XVI, toda la corte y unas 250.000 personas. El globo iba cargado con un pato, una oveja y un gallo. El ‘gas Montgolfier’ lo producía una mezcla secreta de paja húmeda y lana triturada. El vuelo duró tan solo 9 minutos y transcurrió sin incidentes.

Tras el éxito de esta primera muestra, en noviembre de ese mismo año, comenzaron las demostraciones con pasajeros humanos. Los primeros aeronautas fueron el físico Pilatre de Rozier y el Marqués de Arland. Sustituyeron voluntariamente a dos reos condenados a muerte, que habían sido elegidos para el experimento, indignados porque “unos viles criminales tuvieran el privilegio de ser los primeros en elevarse al cielo”. Subieron 25 metros y permanecieron allí escasos cinco minutos.

En las siguientes demostraciones el número de pasajeros se elevó a siete, los kilómetros recorridos a 10 y la altura a casi un kilómetro.

Hoy los globos aerostáticos constan una espectacular envoltura de 16 metros de altura fabricada de poliamida y poliuretano. Su diseño ya no se ciñe a la forma ovalada. Existen globos con todo tipo de formas y colores. Tortugas, vacas, pulpos, dinosaurios, castillos e incluso cascos de Darth Vader pueden recorrer el cielo. A la envoltura se une la canasta donde se sitúan los pasajeros. Sobre ella hay un quemador de gas propano que se encarga de calentar el aire para ascender. Para descender se abre una ventana en la cúpula del globo que deja salir aire caliente. Es decir, básicamente los globos siguen siendo iguales a los del siglo XVIII. Si los hermanos Montgolfier levantaran la cabeza se volverían a morir de la emoción.

Globo de los hermanos Montgolfier (Foto: London Science Museum)

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