El prodigioso trigo de las momias

“Las semillas que han reposado miles de años junto a una momia muestran un vigor y productividad extraordinarios; un puñado produce una cosecha de trigo inmensa. El cereal además adquiere propiedades sanadoras”. Así lo creían en el siglo XIX, cuando la egiptología nacía y hacía furor en Europa. Los granos prodigiosos se convirtieron en objetos codiciados.

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En aquella época eran habituales las conferencias para presentar nuevos hallazgos en las tierras africanas y las fiestas de desvendados de momias. Los aficionados y curiosos se reunían en teatros o en casas de amigos de la alta sociedad para quitar las vendas a una momia e ir sacando a la luz los miembros y tesoros que a veces se escondían en el cuerpo.

En una de estas reuniones nació el mito de las semillas milenarias de extremada fertilidad. El padre de las egiptología británica, viajero y escritor Sir John Gardner Wilkinson llevó al Museo Británico una vasija con granos cerrada herméticamente hallada en una tumba en Tebas en 1833. Durante la charla, el anticuario y cirujano Mr. Thomas Joseph Pettigrew, rompió en un descuido la vasija y apareció el tesoro vegetal oculto.

Sir John Gardner Wilkinson (1797-1875), Aged 46, in Turkish dress. Autor: Phillips, Henry Wyndham; National Trust, Calke Abbey; http://www.artuk.org/artworks/sir-john-gardner-wilkinson-17971875-aged-46-in-turkish-dress-169509

Sir John Gardner Wilkinson, a los 46, vestido de turco. (Autor: Phillips, Henry Wyndham; National Trust, Calke Abbey)

Wilkinson se guardó algunas semillas. Al cabo de un par de años regaló unas cuantas al poeta Martin Farquhar Tupper y le animó a que las germinara. Así lo hizo, con extremo cuidado y dedicación. La reputada revista ‘The gardener’s Chronicle’ recogió el paso a paso. Según contaba había prosperado un par. Conmovido, dedicó un poema a las simientes.

Hay semillas que en condiciones de oscuridad, baja humedad y temperatura mantienen su capacidad para germinar durante cientos de años, e incluso milenios. Pero son las menos. Entre ellas no figura el trigo. Para germinar necesitan cierta ayuda en el laboratorio y cuando lo hacen no están en condiciones óptimas. Es una versión bien distinta a la mística que dominó la Inglaterra victoriana.

Los guías locales en Egipto hacían su agosto vendiendo estas semillas a los turistas. La mayoría eran falsas. Los bulbos de las momias también se abrieron camino en el mercado de las plantas mágicas. Y los guisantes, que provenían, según la leyenda, de la misma vasija que rompió Pettigrew. Él intentó germinarlos sin éxito y se los dio a su amigo William Grimstone, un herborista muy popular por vender mezclas de plantas aromáticas que prometían curar las cataratas y crecer el pelo. El charlatán aseguró haberlas revivido y las vendía bajo el nombre de ‘Los guisantes egipcios de Grimstone‘. En una conferencia contó el prodigio, que causó sensación entre los botánicos. Poco tiempo después se multiplicaron las voces que aseguraban conseguir cosechas extraordinarias a partir de un puñado de pepitas. Hoy el mito de las prolíficas semillas egipcias aún está despierto.

 

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