Cuando la enfermedad la inventa tu mente

Suzanne O’Sullivan, neuróloga británica de piel transparente, ojos chispeantes y mejillas encendidas como su pelo, me habla con la amabilidad adquirida tras media vida comunicando a sus pacientes diagnósticos delicados. Hoy en día lo hace en el Hospital Nacional británico de Neurología y Neurocirugía a enfermos como Pauline, que llegó a su consulta tras años peregrinando de un hospital a otro en busca de una respuesta a sus graves dolores. Inició su periplo por un simple malestar general cuando era adolescente. El médico de familia lo achacó a una infección de orina y le recetó antibióticos. Aquella supuesta infección iba y venía cada pocas semanas. Con los años comenzaron los dolores de articulaciones, la debilidad muscular y finalmente la parálisis de las piernas, que la confinó a una silla de ruedas. Más tarde llegaron los desvanecimientos, las ausencias y los ataques convulsivos, cada vez más intensos y frecuentes. O’Sullivan le dio la respuesta. Tremenda. Sus convulsiones, sus dolores insoportables, su parálisis estaban provocados por su propia mente.

Su caso es uno de los siete que la neuróloga recoge en su libro ‘Todo está en tu cabeza’ (Editorial Ariel). La esclerosis múltiple de Matthew, que llegó a la consulta convencido de que esa era su enfermedad tras indagar por Internet. La ceguera de Yvonne después de que le entrara en los ojos un spray limpiacristales. O el síndrome de fatiga crónica de Rachel, una bailarina de prometedora carrera. Todas estas graves dolencias eran producto de su imaginación.

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  • ¿Cómo la mente hace enfermar al cuerpo?

Es diferente en cada persona. Las enfermedades psicosomáticas son cientos de miles de enfermedades distintas, con síntomas distintos y causas distintas. Un tercio de las personas que tienen ataques convulsivos han pasado por alguna experiencia traumática en la infancia, como abusos sexuales. Los otros dos tercios los tienen por razones psicológicas de lo más diversas, como el disgusto por haber perdido a un familiar querido. O por algo menor, como el estrés crónico de la vida diaria. Son personas que no están a gusto en tu trabajo o están angustiados porque no llegan a fin de mes.

También puede suceder que no sepamos gestionar los cambios que suceden en nuestro cuerpo. Por ejemplo, tienes un dolor de pie y le prestas demasiada atención. Dejas de usar esa parte del cuerpo porque crees que tiende a la enfermedad y al final te invalidas a ti mismo. Recuerdo el caso de una mujer joven que se desmayó una vez en un vagón de tren rebosante de gente. Cada vez que montaba en el tren muy lleno se volvía a desmayar. Su manera de controlar el miedo estaba alterada y le producía desvanecimientos. Pronto dejó de montar en tren. Así, la enfermedad se va agrandando.

  • ¿La mente puede provocar cáncer?

No tengo constancia de ninguna evidencia científica que sugiera tal cosa. Pero sabemos que mucho estrés favorece desarreglos en el sistema inmunitario, metabólicos, cardiovasculares y demás sistemas. No lo descarto.

  • ¿Podemos frenar el cáncer con la mente?

La mente no puede curar enfermedades, pero puede mejorar algunas. La diabetes, el asma o la epilepsia empeoran si el paciente está estresado.

  • ¿Cualquiera puede padecer una enfermedad psicosomática?

Cualquiera puede padecer una dolencia psicosomática en algún momento de su vida. De hecho, una de cada tres personas que acuden al médico de familia están afectadas por una dolencia de este tipo. No suelen ser afecciones graves. Son pasajeras, como un dolor de tripa que dura un par de semanas. Los casos serios, como los que describo en el libro, son casos raros.

  • Fatiga y dolor son los síntomas principales de las enfermedades psicosomáticas. También están muy presentes en tu libro los ataques convulsivos y la parálisis.

Sí y no. Esos son los casos que yo me encuentro en la consulta porque soy neuróloga, pero los síntomas también pueden afectar a tu corazón, pulmones, vejiga, la piel, a la vista, todo lo que te puedas imaginar puede ser objeto de un síntoma psicosomático. No hay límites.

  • ¿Los síntomas varían por modas?

Sin duda. En el siglo XIX era muy común sufrir parálisis y convulsiones. En la década de 1990 se hablaba mucho de la candidiasis en los medios y entonces recibí a muchos pacientes que estaban convencidos de que sus síntomas se debían a ello. Hoy en día, rara vez un paciente pregunta por este hongo. Hoy esos mismos síntomas los suelen atribuir a intolerancia a algún alimento o a alergias. Recientemente acudí a una cena donde cinco personas en una mesa de diez aseguraba tener una intolerancia o una alergia al menos a un alimento. En la mayoría de esas personas, la alergia se había manifestado en la mediana edad, un comportamiento poco habitual en una alergia.

  • ¿Cómo distinguir a un paciente real de un mentiroso?

No mienten. Nunca mienten. Los síntomas son reales. Están por completo fuera de su control.

  • ¿Cómo mides el dolor o la fatiga? ¿Cómo puedes demostrar con datos que estos síntomas están provocados por la mente y no por una enfermedad orgánica?

No hay medida para el dolor o la fatiga. Si te duele el estómago, no hay manera de medirlo. Es muy difícil distinguir el dolor psicosomático del dolor orgánico. Suele pasar mucho tiempo desde que el paciente comienza a sufrirlo hasta que se determina que es de origen psicosomático. En neurología sin embargo es relativamente más sencillo. Puedes medir las ondas cerebrales y los impulsos musculares para conocer la causa de las convulsiones.

  • ¿La fibromialgia y la fatiga crónica son enfermedades psicosomáticas?

Hay mucho desacuerdo. Hay quien cree que son enfermedades autoinmunes, otros que tiene relación con un virus. Yo creo que están estrechamente relacionadas con las enfermedades psicosomáticas. La fatiga crónica tiene un comportamiento muy similar a la enfermedad psicosomática. Por mucho que pasen los años, las décadas, nunca se encuentran evidencias objetivas de sus síntomas.

  • ¿La enfermedad psicosomática es un mal de nuestra era o existe desde el principio de la humanidad?

Siempre hemos padecido enfermedades psicosomáticas. Lo que pasa es que hace un milenio cuando no teníamos ni idea de cómo funcionaba el cuerpo era imposible distinguir qué era psicosomático y qué no.

  • ¿Cómo se sienten los pacientes cuando les comunicas el diagnóstico?

Cuando llegan a mi consulta llevan años deambulando de médico en médico. Ese es un gran problema y es lo que quiero que cambie. Si escuchan distintas opiniones de muchos especialistas les cuesta mucho creer el diagnóstico que les doy, el de la enfermedad psicosomática. Cuando llegan a mi ni siquiera sospechan que puede ser ese el diagnóstico. Les cuesta aceptarlo y se enfadan porque interpretan que estoy diciendo que sus ataques convulsivos son fingidos, que los hacen a propósito. Les explico que su enfermedad es grave, que aunque no tengan un daño físico, es serio. Muy pocos se sienten agradecidos y aliviados.

  • ¿Tiene cura?

No existe una única solución a la enfermedad psicosomática porque no existe una única causa. En el caso de existir un trauma específico que hace debutar la enfermedad, como un abuso sexual o la pérdida de un ser querido, puede tratarse con psicólogos. Si la enfermedad la provoca, por ejemplo, la soledad, entonces hay que tratar esa soledad y la enfermedad desaparecerá. Se puede reeducar al cuerpo para que cambie su respuesta ante los problemas psicológicos, como la chica del tren. Si se reeduca podrá volver a subir. Pero en general no localizamos la causa. Solo el 30% se cura. Hay pacientes que están tan acostumbrados a vivir con unos patrones de conducta alterados que no pueden cambiarlos, aunque sí mejorar gracias a un psiquiatra. Por eso es importante detectar los casos al inicio. Así podríamos curarlos.

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