Las asombrosas cabezas colosales

Entre cañas de azúcar un día de 1853 un trabajador de una hacienda del estado mexicano de Veracruz descubrió lo inimaginable: una cabeza gigantesca de piedra. Tras sacarla a luz apreció la expresión severa con ceño fruncido de un rostro de rasgos negroides, con labios gruesos y nariz ancha y plana. Desde este primer impactante encuentro se han descubierto 17 cabezas colosales talladas hace 3000 años. Todas en la costa del golfo, ocultas bajo tierra.

Tres Zapotes, Veracruz. 1939 (Foto: Richard H. Stewart de la M.W. Stirling collection, National Anthropological Archives)

Stirling en Tres Zapotes, Veracruz. 1939 (Foto: Richard H. Stewart de la M.W. Stirling collection)

El primer análisis científico de esta desmedida figura de casi 3 metros de altura es obra del explorador José María Melgar y Serrano en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística de 1869. Este aficionado a las antigüedades se hizo eco del extraño hallazgo y acudió al lugar, conocido como el yacimiento de Tres Zapotes, para ver con sus propios ojos aquella maravilla del pasado desconocido.

Pasó más de medio siglo hasta que la testa gigante volvió a despertar interés de los científicos. En 1938 el matrimonio de arqueólogos Matthew y Marion Stirling pusieron rumbo a México para investigar las culturas mesoamericanas y descubrieron la segunda de estas colosales cabezas en el mismo estado de la costa del golfo de México. Enseguida obtuvieron fondos de la Sociedad National Geographic y de la Institución Smithsonian para regresar hasta en ocho ocasiones al país para ahondar en la cultura que había creado semejante escultura que no encajaba con ninguno de los contextos culturales conocidos hasta ese momento. En total la pareja encontró once cabezas.

San Lorenzo Tenochtitlán, Veracruz 1945 (Foto: Richard H. Stewart de R.F. Heizer collection, National Anthropological Archives)

Marion en San Lorenzo Tenochtitlán, Veracruz 1945 (Foto: Richard H. Stewart de R.F. Heizer collection)

Son muchas las incógnitas que rodean aún hoy a estas magníficas esculturas. Sabemos que fueron talladas por los olmecas, una cultura que muchos historiadores consideran como la madre del resto de culturas o civilizaciones mesoamericanas que surgirían más tarde. Pero no está claro qué representan las cabezas ni para qué servían. Podrían ser sacerdotes de la tribu, los líderes, sus dioses o guerreros, puesto que llevan casco de batalla.

Están talladas en rocas volcánicas procedentes de las montañas de Tuxtla, al sur de Veracruz. Los olmecas dieron forma a grandes bloques de basaltos de 10 a 40 toneladas de peso golpeándolos con otras piedras. Luego las pintaban de colores. “Estaba cubierta por una superficie suave color rojo púrpura”, describía Matthew Stirling cuando descubrió una cabeza colosal en La Venta, Tabasco.

Como la rueda aún no se había inventado los olmecas debieron transportar las exorbitantes rocas sobre trineos de madera que arrastraban con fuerza bruta entre cientos de hombres. Cuando alcanzaban un río la transportarían en barcas. Poco más se sabe de estas fascinantes cabezas que podéis admirar en el Museo Nacional mexicano de Antropología:
OLMECA3

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